Cada 11 de abril se conmemora el Día Mundial del Parkinson

Salud 11 de abril de 2019 Por
El Parkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente luego del Mal de Alzheimer. Se estima que para 2030 su prevalencia se duplicará y afectará a unas 9 millones de personas en el mundo. En la Argentina afecta aproximadamente a 90 mil personas y la cifra de hombres y mujeres menores de 50 años que sufren esta patología se encuentra en aumento.
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Hasta ahí, cifras de un mal del cuyo origen no se conoce con exactitud -aunque se sabe que influyen factores tanto genéticos como ambientales- y que no cuenta hasta el momento con medicaciones que permitan el retraso de su deterioro o cura.

En la detección temprana y el diagnóstico precoz radica la resolución más rápida y efectiva en la actualidad. Además, existe una mejoría en los exámenes clínicos, un mayor conocimiento de los síntomas iniciales y la identificación de potenciales poblaciones en riesgo.

Lo que sí se expandió es el uso de nuevas formulaciones que permiten disminuir los efectos adversos y dar mayor estabilidad al paciente. Asimismo, se incorporaron otras terapias no farmacológicas para reforzar a los medicamentos, con el propósito de ser más eficaces en el control de los síntomas de la enfermedad y mejorar la calidad de vida de quien la padece.

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El Parkinson se produce cuando las células que generan dopamina, principales transmisores químicos del cerebro que posibilita la comunicación entre neuronas, dejan de funcionar de manera prematura, dificultando la coordinación de los movimientos finos de los músculos. Si bien el síntoma más conocido refiere a los temblores, puede afectar también la capacidad de caminar, hablar, escribir e incluso tragar, dificultando las tareas diarias y la rutina del padeciente.

Los síntomas del Parkinson comienzan gradualmente y pueden ser diferentes para cada persona: temblores que por lo general comienzan en una extremidad (la mano o los dedos); movimiento lento (bradicinesia); rigidez muscular que puede ser dolorosa y además limitar el movimiento; alteración de la postura y el equilibrio; capacidad reducida para realizar movimientos inconscientes (como parpadear, sonreír); cambios en el habla y en la escritura.

Algunos pacientes pueden manifestar deterioro cognitivo o en el pensamiento, depresión, ansiedad e incluso trastornos del sueño, incontinencia, cansancio y dolor en el cuerpo.

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